Astros de Jalisco y el peso insoportable de la historia

Después de 38 y dos derrotas, un récord que huele a época. Y la sospecha incómoda de que lo mejor de este equipo todavía no ha llegado


Llevo 30 años sentado en gradas, anotando en libretas que ya huelen a bodega —desde los tiempos del periódico Excélsior, pasando por Imagen, hasta aquella revista de ESPN que tantos buenos años me dio en los dos mil— y le juro al lector que hay temporadas que uno reconoce, antes de que terminen. No por adivinación ni por superstición de viejo, sino porque el oficio enseña a leer ciertos patrones con la misma certeza con que el marinero lee el viento.

La actual temporada de Astros de Jalisco en la CIBACOPA es una de esas. La reconocí en febrero. La confirmé en marzo. Hoy, rumbo a los playoffs, ya no queda ninguna duda razonable: estamos presenciando algo que merecerá espacio en los libros de este circuito.

Con un récord de 38 victorias y dos derrotas, es el mejor registro de la liga. La mejor ofensiva en los momentos de mayor presión. La mejor diferencia de puntos y 14 triunfos consecutivos para cerrar la fase regular —20 en sus últimos 20 juegos, para ser exactos— en una liga donde todos se roban victorias entre todos.

Esos números no son el retrato de un equipo caliente. Son el retrato de una organización que ha entendido algo que pocas franquicias en México han comprendido del todo: que en el baloncesto moderno, la profundidad no es lujo. Es condición de supervivencia.

“No es el quinteto titular lo que aterra al resto del circuito. Es que la segunda unidad de Astros juega como si también estuviera defendiendo una corona.”

Iván Déniz dirige con una serenidad que ya no sorprende en Guadalajara pero que a cualquier observador externo debería llamar la atención. Su equipo no juega desesperado. Nunca. En la era del baloncesto de redes sociales —donde todo tiene que ser espectacular, donde cada canasta exige una coreografía y cada bloqueo requiere poses— los Astros se permiten el lujo anacrónico de simplemente ejecutar mejor que sus rivales. Clark Burke III domina cuando se le pide. Trevor De Lattibeaudiere aporta esa lectura táctica de hombre que ha visto muchas canchas y pocos errores se le escapan. Makhi Mitchell crece partido a partido. Y el sistema de Déniz logra algo verdaderamente difícil: que todos sepan exactamente qué hacer en cada posesión, sin necesidad de improvisaciones que el ego de algún extranjero demanda.

El año pasado levantaron el trofeo después de una final de siete juegos contra Zonkeys de Tijuana. Una serie que recordará quien la vio: drama verdadero, tensión legítima, y un séptimo partido donde los tapatíos impusieron jerarquía con contundencia —90 a 77— dejando en claro que Tijuana, con todo su historial ganador, había encontrado en Jalisco a alguien que no iba a ceder por respeto a los nombres. Jerai Grant fue monumental en la pintura. Armani Chaney apareció cuando la bola quemaba. Karim Rodríguez activó ese modo especial que sólo encienden los playoffs. Y Tijuana descubrió algo incómodo: que el aura de invencible también tiene fecha de caducidad.

Ahora bien. El columnista que sólo canta al favorito no merece el espacio que ocupa en el periódico o más bien en la red. Así que hablemos con honestidad de lo que viene.

Los playoffs son ese territorio extraño donde la presión actúa distinto. Donde una lesión, una mala noche de tiros o una decisión arbitral en el momento equivocado puede incendiar una serie entera. Donde los extranjeros tienen que cobrar cada dólar del contrato o la inversión se vuelve ridícula. El béisbol tiene su dicho sobre el octubre que todo lo iguala. El baloncesto de playoffs tiene una filosofía similar, aunque se preste menos a la poesía.

Caballeros de Culiacán. Cerrar la temporada en octavo lugar y que el premio sea enfrentar al mejor equipo de la liga con récord histórico parece, a primera vista, injusto. A segunda vista, es simplemente la lógica del torneo. Culiacán mejoró en la segunda vuelta. Encontró ritmo. Compite físicamente. Pero tendrá enfrente a un equipo que no regala partidos en casa, que ya convirtió la Arena Astros en una experiencia de playoff, y que administra recursos con paciencia que desespera a los rivales. Si la serie dura más de cinco juegos, habría que revisitar varios supuestos.

Ángeles de Ciudad de México contra Zonkeys de Tijuana es la serie que más me intriga de esta primera ronda. Tijuana tuvo una campaña irregular, lejos de la imagen dominante que proyectó en otras épocas. Pero nadie en este circuito debería olvidar el ADN competitivo de esa franquicia ni la experiencia que acumula en escenarios que queman. Ángeles es el equipo más difícil de evaluar: capaz de perder partidos absurdos y capaz también de jugar ráfagas de baloncesto realmente incómodas para cualquier rival. Esta serie puede convertirse rápidamente en una guerra de ajustes tácticamente rica. Y si Zonkeys sobrevive, el morbo de una semifinal contra Astros ya existe.

Ostioneros frente a Toros huele a siete partidos desde antes de que tire el primero. Ostioneros hizo una campaña seria, terminó segundo general, defendió con disciplina la mayor parte del año. Pero Toros es exactamente el tipo de rival que arruina pronósticos: incómodo, físico, capaz de convertir cada posesión en una pelea de trinchera. Nadie debería ignorar esta serie.

Y luego está el clásico sinaloense: Frayles de Guasave contra Pioneros de Los Mochis. No importa cómo lleguen. No importa la tabla general. Cuando estos dos equipos se cruzan, el contexto desaparece y aparece algo que treinta años de baloncesto me han enseñado a respetar: la rivalidad que se alimenta sola. Arena Salsa Huichol se ha convertido en una de las localías más bravas del circuito. Pioneros tiene experiencia.

Hay algo igual de importante que lo que ocurre dentro de la duela, y es el hecho de que estos playoffs se transmitirán por ESPN y Disney+. El columnista que ignore ese dato está mirando sólo la mitad del partido. Yo que viví la época en que ESPN México era una revista impresa que llegaba a los quioscos con semanas de retraso, que cubrí series de playoffs con una grabadora de casete y las estadísticas que un auxiliar técnico te pasaba en papel carbón, entiendo exactamente lo que significa tener una señal nacional para este deporte. El baloncesto mexicano llevaba demasiado tiempo encerrado en nichos, dependiendo del fervor local y de la fidelidad de aficionados que ya estaban convencidos. Hoy tiene una ventana de verdad.

Y Astros entiende perfectamente cómo funciona ese escaparate. Saben vender espectáculo sin dejar de competir. Ese equilibrio es más raro de lo que parece.

“Para Astros, cualquier resultado que no termine con el trofeo en manos tapatías será leído como fracaso. Así de alto dejaron el estándar. Y ese es, probablemente, el mayor elogio que se les puede hacer.”

Hace unos años llegar a playoffs era suficiente para celebrar en Guadalajara. Hoy no. El nivel de exigencia que esta franquicia se ha impuesto —o que la afición le ha impuesto, que para el caso es lo mismo— es el de los equipos que ya no juegan por clasificar sino por construir algo que perdure.

Sí, todos quieren tumbar a Astros. Lo escucho en los pasillos, en los vestidores, en las entrevistas de rigor que todo entrenador concede antes de que empiece la postemporada. Todos tienen un plan. Todos creen en sus posibilidades. Es lo que tiene el deporte: la esperanza es obligatoria mientras no pite el árbitro final.

El problema, y esto lo digo después de 30 años de cubrir baloncesto mexicano y de ver pasar a muchos candidatos a destronadores: hasta ahora, nadie ha encontrado cómo hacerlo. Y ese “nadie” incluye a equipos que llegaron con más fe que argumentos tácticos, y a equipos que llegaron con buenos argumentos y terminaron descubriendo que Astros simplemente tiene más respuestas que preguntas les puedan formular.

Veremos si esta postemporada cambia algo. Personalmente, llevaré mi libreta. Como siempre. Y esperaré ver a un caballo negro galopar, robando lo que el actual campeón pretende.