ROMA -- La historia que deseo contarles inició como en esas películas de mediados de siglo pasado, donde todo sucedía en alcobas lujosas con teléfonos blancos.
El protagonista fue un príncipe de vida novelesca y muerte misteriosa. Se llamaba Raimondo Lanza di Trabia y en aquel año, 1951, era el presidente del Palermo y había decidido darle una dimensión altísima a su club.
En la suite 131 del Hotel Gallia, en Milán, comenzó a recibir a dirigentes y jugadores de otros clubes (los representantes no existían aún) para ofrecerles mejores contratos.
Sus modos han quedado en la leyenda. Era habitual que discutiera con sus huéspedes cómodamente sumergido en una bañera repleta de burbujas y con una copa de buen vino en las manos.
En el mejor de los casos, sus interlocutores, si tenían suerte, podían ser recibidos en bata y pantuflas, pero siempre con una copa de buen vino en las manos.
Fue este príncipe excéntrico (que se codeaba con Aristóteles Onassis y el Sha Reza Pahlavi, y al que se le atribuyen romances con estrellas mundiales como Rita Hayworth) quien inventó el 'Calciomercato', dándole además, esta denominación con la que desde entonces se le conoce en todo el mundo.
Hoy, el Calciomercato es una de las más significativas pasiones de los italianos. Como en cualquier otro lugar tiene dos "ventanas" en las que se pueden hacer operaciones, una larga en verano y otra breve en invierno. Sin embargo, como difícilmente sucede en otros lados, nunca se termina de hablar, de especular, de sugerir, de investigar posibles o imaginarias (la mayoría de las veces) transferencias de jugadores.
Todo el año hay, a diario, transmisiones televisivas en redes de alcance nacional dedicadas exclusivamente al tema. A eso hay que sumarle las muchas televisoras locales y regionales que abordan el argumento. Además, hay al menos tres portales web destinados solamente a esta temática. Esto sin olvidar las varias radios, y naturalmente, el amplio espacio que le dan al asunto los tres periódicos deportivos de difusión nacional.
Los periodistas que se dedican a esta materia son verdaderas estrellas en los medios y en las redes sociales. Son expertos 'cazadores' de reuniones secretas: equipados con ciclomotores se mueven ágiles de un punto a otro y siempre conocen al camarero justo, al conserje indicado o al taxista amigo que les informan del último movimiento de los protagonistas.
Están siempre al teléfono (llevan como mínimo tres) y son la peor pesadilla de los dirigentes (de preferencia directores deportivos) de los representantes de jugadores y de cualquier 'allegado' que pueda conocer detalles de una transferencia.
Otra característica que hace único al Calciomercato es que mientras está abierta la sesión de fichajes, tiene una sede única, un lugar físico (un hotel, como en los tiempos del príncipe Lanza di Trebia) en el que se reúnen todos los equipos (cada uno tiene su 'suite-oficina') con los agentes de los jugadores, los futbolistas en persona, los abogados encargados de los contratos y donde la 'Lega Calcio' traslada sus oficinas de registro de contratos.
Los últimos días de cada sesión son frenéticos, todos los canales de la televisión generalista, y naturalmente los deportivos, hacen contactos en directo con la sede de las negociaciones, donde en una pantalla gigante se hace la cuenta regresiva de los días, horas, minutos y segundos que quedan para el final de las operaciones.
Ante las suites ocupadas como oficinas de registro de contratos de la Lega Calcio hay una puerta; junto a ella luce una campana, que al momento exacto en que la cuenta regresiva llega a cero, suena repetidamente. En ese instante la puerta se cierra y ya no es posible ingresar ningún contrato.
O casi... es famosa la anécdota del lanzamiento del contrato de Diego Milito en su fichaje del Zaragoza al Genoa en 2008.
En esa ocasión, la Lega Calcio tenía su oficina en una especie de "box" (cajón) con altas paredes azules, pero sin techo. A las 19:00 puntuales del 1 de septiembre las puertas se cerraron. 70 segundos después, Federico Pastorello, agente de Milito, con un gesto de perfecto basquetbolista, lanzó el contrato por sobre el muro y este cayó al interno del box.
Enseguida hubo polémica, una multa de 10 mil euros para Pastorello, pero al final: contrato aceptado para el registro. Y desde la siguiente sesión, siempre un recinto con... ¡techo!
