El Vasco Arruabarrena, ¿tiene el gen Bianchi?

Hay nombres que quedan asociados para siempre a una manera de entender Boca. Carlos Bianchi es uno de ellos. El entrenador más ganador de la historia del club construyó una identidad que trascendió sus equipos y que todavía funciona como referencia cada vez que aparece un técnico capaz de devolverle al Xeneize determinadas características. Y ahora, en medio del crecimiento del ciclo de Rodolfo Arruabarrena, aparece una pregunta inevitable: ¿cuánto tiene este Vasco del ADN del Virrey?

No se trata de comparar títulos ni de poner a un entrenador a la altura del otro. Tampoco de afirmar que Arruabarrena intenta repetir la fórmula de Bianchi. Son épocas diferentes, otros futbolistas y contextos completamente distintos. Pero sí hay algunos puntos de contacto que aparecen en la manera de entender el juego, de administrar los momentos de un partido, de confiar en la jerarquía y hasta de pararse frente a los micrófonos.

Una identidad que no se negocia

Una de las características que pueden acercar a ambos entrenadores está en la idea de que un equipo puede adaptarse a las circunstancias sin perder aquello que lo identifica. El Boca de Arruabarrena encontró una forma de jugar y, aun cuando los partidos se complicaron o las lesiones obligaron a modificar nombres, no abandonó determinadas convicciones.

La posesión, la movilidad de los mediocampistas, la amplitud que generan los laterales y la intención de atacar con varios futbolistas son parte de una estructura que el equipo fue incorporando con el correr del ciclo. No significa que Boca domine todos los partidos ni que siempre pueda imponerse de la misma manera. La diferencia está en que sabe qué quiere hacer cuando está dentro de una cancha.

En los equipos de Bianchi también existía esa capacidad de adaptarse sin perder una identidad. Podían jugar partidos diferentes, cambiar nombres o modificar determinados comportamientos, pero había una idea de fondo que permanecía. Quizás ahí aparezca uno de los primeros puntos de contacto entre el Virrey y el Vasco: adaptarse no significa necesariamente resignarse.

La jerarquía también juega

Bianchi construyó varios de sus grandes equipos alrededor de futbolistas capaces de resolver partidos. Pero nunca se trató solamente de juntar nombres: la jerarquía individual tenía sentido dentro de una estructura colectiva. "Para ganar cosas se necesitan jugadores inteligentes", sostenía el Virrey.

Algo similar empezó a suceder con este Boca. La llegada de Leandro Paredes modificó al equipo desde lo futbolístico y también desde lo emocional. Su presencia le dio pausa, personalidad y una referencia para los compañeros. El mediocampista fue una de las piezas que ayudaron a cambiar la mentalidad de un equipo que necesitaba recuperar confianza.

Y cuando Paredes no estuvo, aparecieron otras respuestas. Enner Valencia terminó siendo decisivo ante Racing con sus tres goles para la remontada y Leonel Flores pasó de ser una de las apuestas jóvenes del ciclo a convertirse en uno de los nombres propios del presente. Ascacíbar tuvo su momento cuando los delanteros no llegaban al gol o el mismo Lozano que tuvo buenas actuaciones. Y así, hay varios ejemplos.

Ese equilibrio entre una idea colectiva y futbolistas capaces de definir partidos también forma parte de la historia de los grandes equipos de Boca. El desafío del Vasco está en construirlo en su propio tiempo y con sus propios nombres.

El partido también se juega en la cabeza

Hay otra coincidencia que no se mide con estadísticas. Los equipos de Bianchi tenían una relación particular con los momentos decisivos. No necesariamente necesitaban dominar todo el partido para terminar imponiéndose, pero tenían la capacidad de sostenerse cuando el encuentro entraba en terrenos incómodos y encontrar una respuesta cuando aparecía la oportunidad.

El Boca actual empezó a mostrar algo parecido. Durante buena parte del comienzo del ciclo, cuando recibía un golpe le costaba reaccionar. Con el tiempo, esa tendencia empezó a modificarse. El equipo aprendió a jugar los partidos desde otro lugar y a entender que estar en desventaja no significa necesariamente perder el control de la historia.

Quizás la similitud esté frente a un micrófono

Hay un punto de contacto menos futbolístico, pero quizás más interesante. Bianchi construyó también un personaje alrededor de su relación con los medios. Tenía una forma particular de responder, no necesitaba recurrir al discurso tradicional del entrenador y muchas veces decía lo que pensaba sin preocuparse demasiado por ajustarse al cassette.

El Arruabarrena actual parece haber encontrado algo parecido. Se lo ve más suelto, más directo y mucho más dispuesto a hablar de fútbol sin esconderse detrás de respuestas cassetteras. Hay una personalidad más marcada en sus declaraciones y una sensación de que el entrenador ya no necesita construir un personaje para ocupar el lugar que ocupa.

Quizás una de las cosas que más acercan al Vasco al Bianchi de Boca no esté en una pizarra, sino delante de un micrófono.

El gen Bianchi no es una receta

Sería demasiado sencillo decir que Arruabarrena es bianchista. No lo es necesariamente. Su fútbol tiene otras características, pertenece a otra época y está construyendo su propio recorrido. Tampoco necesita copiar aquello que hizo Bianchi para que aparezcan algunas coincidencias.

El ADN Bianchi puede entenderse, más que como una receta táctica, como una manera de afrontar el desafío de dirigir a Boca. Tener una identidad, confiar en la jerarquía, no abandonar determinadas convicciones cuando el partido se complica y conseguir que los futbolistas crean que todavía tienen una posibilidad cuando todo parece perdido.

¿El Vasco tiene el gen Bianchi?

Quizás la respuesta no tenga que ser sí o no. Porque el desafío de Arruabarrena no es convertirse en Bianchi, sino construir su propia versión de Boca.

Bianchi dejó una vara y una manera de entender al club que quedó instalada para siempre. El Vasco, que tuvo al Virrey como DT, regresó para afrontar un contexto completamente diferente y encontró una identidad que empieza a ser reconocible.

Puede haber algo de Bianchi en la forma de competir, en la jerarquía, en la personalidad y en la convicción de no resignar determinadas cosas. Pero si este Boca termina dejando una marca, tendrá que hacerlo por sus propios motivos. Y el propio Arruabarrena lo sabe. "Todavía no ganamos nada", remarcó el actual entrenador. Una frase que, en definitiva, también habla de lo que significa construir un ciclo en Boca: los buenos momentos pueden generar ilusión, pero son los títulos y el tiempo los que terminan definiendo una etapa.

Quizás ese sea el verdadero punto de contacto: Bianchi construyó su propia historia en Boca. Ahora, el Vasco intenta hacer lo mismo.