El 7-1 Fue un resultado histórico en Belo Horizonte, probablemente el marcador más escandaloso que se registrará jamás en el fútbol de la Copa Mundial.
Pero el objetivo de Alemania, es decir, su necesidad fundamental y absoluta, será asegurarse de no quedar en el recuerdo únicamente por ese "milagro" contra un Brasil shockeado y completamente devastado.
Los hombres de Joachim Löw tienen que volver a casa con más que recuerdos felices de una victoria semifinal.
Podías verlo en los rostros de los jugadores tras el pitazo final. Casi sentían pena por haber vencido a la Seleção por un margen tan exuberante. No disfrutaron el hecho de infligir semejante dolor. Sólo querían hacer su trabajo.
¿Celebraciones, euforia? No, gracias.
"Se necesita un poco de humildad ahora", dijo un Löw muy compuesto. "Hay que seguir adelante. Tenemos que asegurarnos de mantener la concentración".
Thomas Müller también abogó por un sentido de perspectiva. "Después del partido contra Argelia, nos mataron", dijo el delantero del Bayern y autor del importantísimo primer gol. "Ahora quieren elevarnos a los cielos. Ese enfoque está equivocado. Simplemente somos un equipo bastante bueno".
Müller, de 24 años, probablemente haya hablado en serio. Alemania es un equipo bastante bueno. Simplemente hace lo suyo, juega a un nivel aceptable. Puede jugar aún mejor. Lo más probable es que tenga que jugar mejor el domingo en Río.
En esa evaluación, hubo cierto reconocimiento de que Brasil les había facilitado las cosas al perder la cabeza y correr hacia una "navaja abierta", como dice el refrán en Alemania.
Todo lo que Müller y compañía tuvieron que hacer fue observar cómo el desbocado e intimidado seleccionado de Luiz Felipe Scolari se suicidaba. Después del cuarto o quinto gol, la ley del rendimiento decreciente entró en efecto.
Los seis jugadores del Bayern Munich que se encontraban en el campo de juego para Alemania (Manuel Neuer, Jerome Boateng, Toni Kroos, Bastian Schweinsteiger, Philipp Lahm y Thomas Müller) habrían reconocido los síntomas: con cada gol adicional, tu logro se hace más pequeño, junto con el nivel percibido de la calidad de tu rival.
Sin embargo, esta selección de Brasil seguía siendo Brasil -- en Brasil. El manager Oliver Bierhoff había descrito las posibilidades de Alemania de ganar la Copa Mundial en América del Sur como algo prácticamente imposible no hace mucho tiempo, y mucha gente creyó su argumento.
Löw se había atrevido a discrepar en su momento, pero sólo en voz baja. Ahora, la cuestión ya no es si ganarán, la cuestión es si de alguna manera pueden llegar a no ganar. Quien sea que se enfrente a ellos en la final será considerado como el equipo más débil. Eso presentará sus propios desafíos. Pero ésta no era la noche para empezar a preocuparse por eso.
Al cabo de los 90 minutos de juego en Belo Horizonte, era grosero pensar en este partido como una venganza por la derrota 2-0 en la final del 2002. Para empezar, no había cuentas pendientes. Un equipo brasileño muy diferentel había ganado en Yokohama contra un equipo alemán muy diferente.
El equipo de Rudi Völler no esperaba llegar tan lejos. No debería haber llegado tan lejos. Alcanzó la final por un pelo y gracias a una serie de victorias por 1-0 (sobre EE.UU., Paraguay, Corea del Sur), gracias a la inspiración de Oliver Kahn en el arco, a la inspiración del capitán Michael Ballack, y a un plantel disciplinado y abnegado que corrió, luchó, corrió y luchó.
En realidad, nadie pensaba que eran capaces de vencer al Brasil de Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. Irónicamente, el equipo de Völler jugó su mejor partido del torneo y casi logró un triunfo inesperado. A su regreso, fueron recibidos como valientes desvalidos y buenos perdedores que habían hecho lo mejor posible con las limitadas posibilidades que tenían a su disposición. No se llora por venganza cuando se sabe que la derrota fue totalmente merecida.
La victoria por 7-1 sobre el mismo rival en lo que fue apenas su segundo encuentro en este nivel no fue una venganza, ni una represalia, ni tuvo mucho que ver con Brasil en sí.
Al llegar a su primera final de la Copa Mundial desde 2002, un semi-éxito casual intercalado entre sus peores actuaciones en torneos desde la Segunda Guerra Mundial (Euro 2000, Euro 2004), han logrado algo aún más importante: han recuperado el nivel y el estatus que disfrutaron por última vez hace más de 20 años.
Esta Alemania, este "equipo bastante bueno", está de vuelta en la cima del fútbol internacional. Los tiempos inciertos e inquietantes de declive (1990-1998), de estancamiento (2002), de renacimiento frágil (2006) y de progreso incompleto (2010-2012) han quedado atrás.
La Alemania de Löw ya no debe preguntarse hacia dónde va. Ha llegado a destino. Todo lo que le queda por hacer ahora es asegurarse de no volver con las manos vacías luego de haber hecho historia.
