BUENOS AIRES -- Este domingo llegué a Río de Janeiro tras casi 40 horas de viaje en autobús. Había salido el viernes a las 20.52 desde la terminal de Retiro en Buenos Aires, y el interno 1098 de la empresa Crucero de Norte arribó a las 12.50 de este 8 de junio de 2014 a la terminal de Novo Río. Toda una aventura.
Temí que resultara un suplicio cuando alguien activó el aire acondicionado directo sobre mi cabeza, pero uno de los dos choferes me tranquilizó al decirme que "cuando terminemos la cena lo apagaremos. Es que somos 40 acá dentro y si no lo prendemos, moriremos". Guardé el caramelo de praliné como obsequio al subir al bus, y después de descartar prestarle atención a la película de las 21.15, una típica estudiantina yanqui, me dispuse a degustar la cena a las 21.50. Milanesa de pollo con papas al horno, acompañada de un buñuelo de verdura y una rodaja de pionono relleno de paté, más un par de vasos generosos de vino tinto peleón. Pasé del flan por su ausencia de sabor. Plástico viscoso. La copa de champán de las 22.35 no estuvo mal.
Pasadas las 8 AM llegamos a Misiones, y a las 9.07 bajamos en Garupá para desayunar. "Tienen media hora para distenderse y estirar las piernas", avisó el chofer. Café con leche y medialunas en la base de CDN. Crucero del Norte, se nota, es una empresa pujante. No por nada su nombre bautiza al club de fútbol de la provincia que busca ascender en breve a la primera división argentina. Me compro una botella de agua qu cuesta 8 pesos argentinos en una tienda en la que atrapa la variedad de mates que se venden. Mi amigo Marcus Pinto, editor en jefe de Terra en Río, me envía un whatsapp para decirme que me espera el domingo en la sala de prensa del estadio Maracaná. Que con el pasaporte me acreditan en pocos minutos. Él estará en el entrenamiento de la Holanda de Louis van Gaal. Noticia estimulante comenzar el Mundial en el templo que alumbró la final de 1950. Me pido otro Maracanazo para mis adentros, pero esta vez, a cargo de Argentina, del equipo de amigos que comanda Alejandro Sabella. Y por pedir, que no quede. Que el Alcides Ghiggia de 2014 sea Leo Messi. Dale.
El grupo de mochileros que habita la segunda planta del bus ríe y celebra. Más tarde me enteraré de que pertenecen a Juventud Con Una Misión y viajan a Río para llevar la palabra de Dios a las favelas. Son pibes y pibas de entre 19 y 20 años, que junto a un par de personas de edad, recorren el continente con este cometido. Lo más increíble es que son de Puerto Madryn, y hay uno de Tierra del Fuego. Prohibido quejarse de la duración el viaje para los que partimos desde Buenos Aires. Estos chicos salieron el miércoles y apenas pasaron la noche el jueves en la Capital, antes de continuar su particular maratón. Cuestión de fe.
Yo viajo solo, en el asiento número 3, con un buen lugar para estirar mis piernas largas. Sólo hay un ligero inconveniente. La tele me queda a la izquierda, muy de lado. El resultado es que veré bien el 50 por ciento de las películas. La otra mitad estoy condenado a intuirla por la bajísima calidad de la pantalla que las emite. La ubicación, sin embargo, es ideal para el hincha de Nueva Chicago que viaja pegado a la ventanilla opuesta. Contra lo que se pueda imaginar al observar su camiseta con el torito de Mataderos, el escudo verdinegro y su recital de tatuajes, no es barra brava. Va a Buzios porque ha conseguido trabajo.
La empresa decide cambiar el bus "por otro más nuevo", según el chofer. El tipo respondió con seguridad cuando le consulté. El reloj de la nueva máquina marca las 4.12 AM, pero en realidad son las 10.18 AM. "Iremos a Rio con un huso horario extraño", pienso. "Con ese reloj estropeado, y la pequeña cucaracha que acabo de reventar con la zapatilla, a un costado", me digo. La vegetación se impone ya en Misiones. Diferentes tono de verde, paisaje selvático por momentos. A las 10.30 de este sábado 7 de junio la nueva pareja de choferes reparte los papeles para presentar en Foç de Iguaçú, en la Aduana. Tenemos 4 horas hasta llegar a la frontera, según nos informa el nuevo chofer calvo. Da la sensación de que la empresa organiza sus parejas de conductores con la fórmula un pelado más un peludo. Luego, a pesar de tiempo que tenemos por delante, hay gente que tiene cien preguntas antes de colocar el primer dato en el formulario. El camino, mientras reviso la documentación, entrega una opción que llama la atención a través de un cartel publicitario. Parque Temático de La Cruz. Mariposario, Orquideario... Más adelante se descubre la central de la yerba mate CBSÉ, al lado de la Capilla de San Pantaleón y la Virgen de Itatí. Son las 10.50. Faltan más de 24 horas de viaje, así que obsesionarse con el reloj no tiene caso.
Algunas vistas son épicas. El de Chicago no les presta atención porque va escuchando una música de percusión cuyos acordes se repiten hasta hartar. Es como en el fútbol. Los de Vélez tenemos otra sensibilidad. Aún así, aunque no se lo digo, que la pasen bien el Nacional B. Tras ese pensamiento, imagino a las 11.15 del sábado, lo bien que estaría tomar unos mates en la orilla de ese lago al costado. La inspiración cesa con un sonido conocido. El de Chicago se está cortando las uñas con un alicate, sin inmutarse. Que no te vea tu compañero de viaje. Tenés suerte de que se haya quedado dormido. "Chi-chi-cago! Su-su-sucio!".
Las nubes bajas se mueven a gran velocidad. El verdor causa placer y relaja la vista. Sin embargo, hay quien no lo logra cuando descubre a la rubia que anuncia la yerba Piporé en un cartel gigante. Mate Para Todos. 11.20, hora de otra película. Esta vez, temática estimulante. Kon-Tiki. De cómo Thor Heyerdahl probó ante el mundo que los Incas colonizaron la Polinesia viajando en balsa desde Perú hasta esas tierras exóticas. "Todo proviene del Este. El viento, las corrientes oceánicas, y el sol. Tiki navegó el sol".
El reloj el colectivo no anda para marcar la hora, pero sí para controlar que el pie del calvo no rebase los 90 kilómetros por hora. La comida llega a las 12.35. El pollo ahora viene en pedazos, con una suerte de estofado en el que reinan la zanahoria y el arroz. Fuera, el camino es estrecho. Una vía para ir, otra para venir. Comienza a llover y con el agua, las subias y las bajadas en la ruta. La carretera luce traicionera, con bordes embarrados, y vehículos que parecen tirarse un bso y rozarse al pasar. Más allá, todo es verde. Pinos, acacias, sauces... Selva. Hay audaces que han adquirido un terreno para edificar el chalé de sus sueños, pero una mayoría silenciosa se conforma con un techo y una vivienda sin terminar. Su sueño se cumplirá con otra velocidad. Otro ritmo. Producto de miras distintas, otras ansiedades.
El relax de la vista entra en conflicto con la agresión del olfato. El de atrás a mi izquierda ha decidido viajar descalzo y es imposible determinar una fecha tentativa para la última vez que se lavó los pies. Nuevas sorpresas en la ventana. Resulta que existe un pueblo que se llama Wanda y que tiene un yacimiento de piedras semi preciosas. Paradoja. Como la famosa botinera que descubre jugadores brutos y al ventilar sus sesiones de sexo los transforma en semi cracks.
La urbanización del Club Alto Paraná irrumpe. Se detecta un nivel elitista. A las 13.45 llueve más fuerte y todos se mojan. Los ricos, los pobres, y los del medio. Si es que en el medio hay alguien. El bus de CDN recarga nafta a las 13.55 en un hangar colindante con el Hotel Casino Grand Crucero, de 4 estrellas. Sí, hasta hotel tienen. En el depósito cubierto en el que se encuentran 10 buses que están siendo tuneados, me detengo en las torres de lavado. Miden unos 7 metros y dejan relucientes los laterales de cada colectivo. Las mueve un solo operario, quien las empuja para traccionar sus ruedas y darle brillo al exterior de las máquinas. A las 14.55, al camino. El trámite en ambas aduanas, a argentina y la brasileña, finaliza a la 16.15. Da para celebrar que no nos hayan buscado el pelo en la leche. A veces pasa. Al retomar el rumbo, otra película. Guardianes del destino, con Matt Daemon. "Nadie puede escapar de su destino". Interesante. Más cuando el de uno es grande.
Relámpagos, truenos, lluvia... ruta empapada... A las 17.40 Brasil ha decidido bendecirnos en su bienvenida. Otra película y luego, la cena. En Cascavel. 19.40, horario impropio. El chofer con pelo argumenta que "el tiempo es malo y es mejor parar ahora que luego". Un poco de pollo, cerdo, un chorizo asado y ensalada variada, con un guaraná (bebida local) me cuesta 24 reales con 10 centavos. Multiplíquenlo por 5,15 y ls dará el valor en pesos argentinos. Hurto con clase. Al volver al bus, otra película. El sueño lo concilio como puedo después de que la policía brasileña ordena detenerse al bondi en Maringá. Revisión del cargamento de equipajes a las 22.50 y seguimos adelante.
A las 6.45 hay gente que baja en Sao Paulo. Un flaco desgarbado, veterano y de aspecto poco pulcro, aunque con la camiseta argentina con el 10 de Messi puesta, proclama "me voy a patinar toda la plata, pero yo me veo como sea todos los partidos de la selección. No sé cómo vuelvo, pero me los veo todos!!". Se va a tener que tranquilizar. Todos los trabajadores de la terminal en la que saca pecho, visten de amarillo con vivos verdes. Son banderas brasileñas ambulantes. Y tienen cara de poco amigos. Continuamos. El chofer anuncia que "en una hora y media pararemos a desayunar". Al mismo tiempo, se observa un helicóptero de la policía patrullando el cielo de Sao Paulo. Abajo, en un terreno donde se levantan vviendas precarias, un grupo de personas intenta remontar un globo con los colores de la bandera brasileña. El Mundial en su amanecer. Mientras, un runner corre por un parque con la camiseta del Corinthians puestala autopista ofrece postales de lugar del sitio en el que comenzará todo el 12 de julio.
En el bus, la máquina apura sus últims gotas de agua para aquellos que pese a la boca pastosa no le hacen asco a un poco de café. U n colombiano actúa como anfitrión en la repartija. A las 8.15 no pasan 7 motos a una velocidad acaso de 220 kms/h. El sonido que mana de esos motores hace que la autopista parezca el circuito de Jacarepaguá. Zumbido demoledor. "Misiles!", exclama el colombiano, cuya excitación crece a medida que el bus come kilómetros. Hace un rato contaba que en su país, el importe de las multas por andar en moto sin casco, en Medellín por ejemplo, superan el precio de costo de una buena moto. En Argentina no hay tal herencia de Pablo Escobar Gaviria. Lamentabe que la Policía no sancione a quien no lleva casco. Si los que pasaron recién no hubieran llevado casco, su rostro se habría tirado hacia atrás, desdibujado como un poco de témpera bañada en agua.
A las 8.30 un cohe empotrado en una banquina. Tres efectivos de la policia custodian los restos de un accidente que parece reciente. El vehículo se ha convertido en un acordeón de chapa y el sol, radiante, expone su destrozo. El desayuno llega. Bollo con u poco de mermelada de frambuesa y un vasito de café con leche. A las 9.20 hs, en Roseira, me toca pagar 7 reales con 50 centavos. Restan 4 horas para llegar a Rio. El sopor que podía preverse en la recta final, da paso a las risas. El colombiano desvela su secreto. Se ha hecho una acreditación de periodista trucha en Cali, con su foto y la horrible mascota del Mundial, de fondo. "Con esto voy a entrar en todos lados!", dice. Dos hinchas que no tienen entradas pero se unirán a la barra brava, y que tienen cotactos en una favela para residir durante el Mundial, ríen juto a él. "Qué capo sos, Colombiaaa!". La credencial tiene la firma de Don Julio Grondona, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino.
Las subidas y bajadas en la ruta, y la vía zigzagueante, no apagan los sueños del ya bautizado "Colombia" quie derrocha confianza y simpatía, a tiempo que transmite una gran capacidad para hacr amigos. Las últimas postales del camino son los puestos que venden "coco gelado" al costado, y los locales furtivos que anuncian con carteles fáciles de ver la palabra "Borrachería". En Rio me espera mi amigo Marcus Vinicius Pinto. En Maracaná. Donde todo empezó aquel no tan lejano verano de 1950.
