El piloto que evadió la muerte varias veces y que, por ello, se creería que sufrió mucho, fue un ejemplo de tenacidad y amor a la vida
Así como las iniciales de su nombre, Alex Zanardi fue, de la A a la Z, el piloto más brillante y tenaz que hayan visto este par de ojos pasar por la Serie CART, IRL e IndyCar. Pero no sólo eso, el italiano es un ejemplo que todos debemos seguir cuando creemos que 'todo lo malo nos pasa' y que no podremos recuperarnos.
Saber que ha fallecido Alessandro Zanardi, justo 32 años después de la partida de Ayrton Senna, me abre un hueco en el pecho idéntico al que sentí el día que murió el brasileño o cuando, desde el palco de prensa del óvalo Lausitzring, presencié cómo perdió brutalmente las piernas.
Ese 15 de septiembre de 2001, todos pensamos que lo habíamos perdido, luego de que coche había sido embestido y partido por la mitad por el monoplaza de Alex Tagliani, en la carrera inaugural de la Serie CART en Alemania.
Pero Alex no sólo no falleció tras ese choque bestial, en gran parte a la intervención del equipo médico encabezado por Steve Olvey y Alan Trammel, sino que luego de perder tres cuartas partes de la sangre del cuerpo y las extremidades inferiores de la rodilla para abajo, volvió a correr autos e incluso en 2003 completó las 13 vueltas que le faltaron en 2001 en el Lausitzring.
Por ello, cuando leí en la Gazetta dello Sport que Alex Zanardi había muerto, pensé que era un error. ¿Cómo iba a morir el hombre indestructible y el corazón de piña?
Alessandro Zanardi tendría que haber muerto hace 24 años, pero era tan testarudo, genial y amaba tanto la vida que se aferró a seguir para convertirse en una leyenda, no sólo del automovilismo, sino del olimpismo donde fue seis veces medallista, con cuatro oros y dos platas en paraciclismo y 18 veces medallista en mundiales.
Zanardi fue dos veces campeón de la Serie CART (1997 y 1998) en el momento de mayor competitividad en la historia de la categoría, cuando la parrilla era un Salón de la Fama sobre ruedas con Jimmy Vasser, Bobby Rahal, Al Unser Jr., Paul Tracy, Gil de Ferran, Michael Andretti, Greg Moore, Robby Gordon, Emerson y Christian Fittipaldi, Scott Pruett, Bryan Herta, Roberto Moreno, Mauricio Gugelmin, JJ Letho, Tony Kanaan y los mexicanos Michel Jourdain y Adrián Fernández.
Alex llegó a CART en 1996 para ser el coequipero de Vasser en el equipo de Chip Ganassi, y ahí mismo la escudería ganaría el primero de sus 22 campeonatos, 17 de ellos en autos Indy.
Muchos pilotos han sido rápidos, dominantes e incluso especiales, pero ninguno como Zanardi encarnó enormes manos, ingenio, don de gente, simpatía que contrastaba con su voracidad por acumular triunfos y mostrar que, en su momento, nadie lo igualaba.
En 1997, cuando estaba por ganar el primero de sus títulos 'Back to back' en la Serie CART con Ganassi, fui al Gran Premio de Long Beach con la encomienda de entrevistarlo.
No era tarea fácil, ya que era el más popular y ganador, vivía su momento, pero seguí los medios formales y le solicité la entrevista al director de comunicación de Ganassi, en ese tiempo, Michael Knight (sí como el personaje de la serie del Auto Increíble).
Mr. Knight, un gringo con aires de mucha importancia y hombre de trayectoria en el deporte motor de Estados Unidos, me dijo que podría tener mi charla con Zanardi el viernes, que lo esperara después de la sesión de práctica en el hospitality del equipo.
Ahí me apersoné y vi entrar y salir a Knight, hasta que finalmente apareció Zanardi entre una nube de fans a la caza de un autógrafo. Busqué la mirada del jefe de prensa y, aunque sus gafas oscuras no me dejaban ver si me había ojeado, el gesto de su mano indicaba que lo esperara.
Los minutos se hicieron adultos y luego se llamaron horas y el publirrelacionista de Ganassi no me daba entrada. Por fin salió, con Zanardi, claro, pero me apartó de enfrente y me dijo que aplazábamos la entrevista para el sábado después de la calificación.
El sábado en la calificación, Zanardi tuvo el segundo mejor crono, detrás de De Ferran y, como marca el reglamento, fue a la conferencia de los tres más rápidos. Eso complicó, obviamente, mi plan de entrevista, pero insistí, a lo que Knight respondió: "Hoy ya no se puede, será mañana".
El domingo inicié muy temprano una guardia afuera de la carpa que hacía de hospitality de Ganassi, todo con el, cada vez más, utópico propósito de hacer unas cuantas preguntas a Zanardi para el diario Reforma, que en ese momento representaba como reportero de automovilismo.
Cuando Knight me vio al llegar a desayunar, su gesto de hartazgo era más notorio que el acuario de Long Beach. A mí no me pagaban para aceptar un 'no', pero lo abordé y me llevé dos negativas, además de un grito: "¡No, eso no va a pasar. No nos interesan los medios mexicanos ni México, para ti no hay entrevista!".
Dos o tres adjetivos de orden peyorativo que encajaban con Michael Knight se me ocurrieron ese 3 de abril de 1997, pero yo no adjetivo cuando sólo puedo describir.
Ante todo rechazo, primero compostura, los reporteros que se agarran a sombrerazos normalmente se vuelven la nota y eso es una máxima que no pensaba violar: jamás debes ser tú la nota.
La carrera a 105 vueltas fue ganada por... sí, adivinaron, Alex Zanardi, así que fue a conferencia. Ahí, las respuestas llenas de acento boloñés del gran piloto italiano hacían girar de risa a los reporteros tanto como las 'donas' que hacía con su monoplaza número 4, esos trompos a llanta quemada que había instaurado Alex, como su marca registrada, luego de cada triunfo.
Al terminar la conferencia, los peces gordos del periodismo del deporte motor de Estados Unidos como Robin Miller, Mike Harris, Gordon Kirby o el joven John Oreovicz se levantaron a buscar en un amistoso 'chacaleo' algunas otras palabras de Zanardi, de pie y con grabadora en mano.
Dije, si ellos pueden, ¿por qué yo no? Así que me apreté mi grabadora Sony de microcassette y me uní al semicírculo de preguntones.
Tras una ronda, donde cada uno hacía dos o tres cuestionamientos, me tiré con una pregunta en español-italiano, que era mi mejor manera de llamar la atención de Alex. Ante eso, Zanardi, muy sonriente se dirigió a mí y los demás bajaron sus grabadoras.
¡Al fin iba a poder hacerle la entrevista a Zanardi! Pero cuando iba a formular mi segunda pregunta llegó Michael Knight, aventó mi brazo hacía abajo, al tiempo que jalaba al piloto hacía él. Alex, apenado, me decía "Lo siento".
-¡Te dije que para ti no había entrevista! -Pero todos los demás hicieron preguntas. -Sí, pero te dije que México no nos interesa.
Mi rostro era el de un niño al que habían bajado del triciclo y mis colegas me veían con una mezcla de pena ajena y lástima.
Todo el fin de semana en busca de una entrevista y había terminado regañado, humillado, empujado y compadecido. Aunque intenté mostrar entereza, me fui al hotel con el ánimo de un pretendiente rechazado e insultado por el padre de la novia.
Al pisar el lobby del hotel y dirigirme hacia el elevador, de repente mis ojos se cruzaron con los del ganador del GP de Long Beach. Yo no lo sabía, pero estaba hospedado ahí mismo, y al verme, me recordó como quien se acuerda del perro callejero que sacaron a patadas de una casa.
- Lo siento, no fue cosa mía. ¿quieres que te dé la entrevista ahora?- Me dijo Alex Zanardi notoriamente acongojado por lo que había pasado en la pista.
- ¡Claro!-. Respondí y ya sin el 'agradable' Knight, estuvimos sentados y charlamos por 15 minutos.
Mi entrevista se publicó y se llamó "Il Capo de CART" y en ella, aunque traté de ser objetivo, se notó mi admiración y agradecimiento a este tremendo piloto y ser humano.
Esa anécdota pinta la persona que fue Alex Zanardi, pero no fue la única que viví con el italiano. En Vancouver 1998, el sábado previo a la carrera fui a cenar con un grupo de fans mexicanos de Adrián Fernánde que conocí en la pista. Fuimos al restaurante Antonio's, obviamente italiano y que me había recomendado el hombre que mejor comía en la Serie CART, el padre Phil DeRea, pastor católico cuyo trabajo era oficiar misa antes de cada carrera.
El colorido grupo de mexicanos y yo llegamos a Antonio's al mismo tiempo que arribó Zanardi con miembros de su equipo (afortunadamente no iba el caballero Knight). Créanmelo o no, Alex me oteó y reconoció. Normalmente, la gente famosa, como los pilotos, no saludan la siguiente vez que se topan a alguien que los ha entrevistado solo una vez en su vida, pero Zanardi sí lo hizo.
Más tardé en apretar su mano, que los paisanos con los que iba que pidieron que le dijera si podían tomarse una foto con él, así que pasé a ser el fotógrafo de los fans, ya que Alex accedió, lo cual le agradecí.
-Pide el osobuco, aquí es muy bueno-, me dijo Zanardi, antes de entrar al restaurante.
Obviamente, pedí el osobuco y los comensales de la mesa quisieron mandar una copa de vino a Zanardi como muestra de admiración. Minutos después, el mesero volvió con puros que Alex ordenó para nosotros a modo de reciprocidad.
Luego de esa noche en Vancouver, no volví a hablar con Zanardi hasta el 15 de septiembre de 2001, cuando CART salió de Estados Unidos para correr por primera vez en Europa con paradas programadas en Lausitz, Alemania y Rockingham, Inglaterra.
El ambiente era de miedo y tensión. Hacía cuatro días que unos aviones se habían estrellado con las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. CART era la delegación de estadounidenses más grande e identificable fuera de la Unión Americana.
Alex Zanardi había vuelto a CART, luego de una segunda aventura por la Fórmula 1, la cual no salió bien. Ahora corría con el nuevo equipo del ingeniero Mo Nunn y no había tenido suerte.
Nos cruzamos antes del desfile de pilotos y le pedí una entrevista (ahí voy de nuevo), pero ahora no había jefe de prensa, la petición fue directa y Zanardi me dijo: "Sí, búscame después de la carrera".
Ahora mi ego era un pez globo cruzado con aerostático. "Mi amigo Zanardi", pensé, no me quedará mal. El problema fue que al salir de pits, cuando tenía chance de volver a ganar, se dio el incidente que dejó perplejos a todos.
Los fotógrafos que seguían la serie decidieron "photoshoppear" las imágenes para no mostrar los trozos de las piernas de Zanardi que volaron en el impacto.
Nadie se explica cómo sobrevivió. Me tocó comunicarme a diario con el hospital en Bonn al que fue trasladado y seguir hacia Rockingham, donde se daría la segunda carrera europea.
Como símbolo de amor y respeto por Zanardi, CART distribuyó calcomanías en forma de piña, porque así le decían todos por necio, "Ananá" y esa necedad la llevó al extremo de salvar la vida.
Yo no volví a verlo, pero mi compañera Sandra Becerril, fue en 2005 a cubrir la carrera de autos WTCC en la que corría Zanardi en Puebla.
Ahí, le mandé saludos (mentiría si dijera que me recordó), pero lo que me impresionó fue la respuesta que le dio cuando le preguntó cómo había cambiado su vida tras el accidente.
- Soy el mejor para jugar a las escondidas, me quito las prótesis y me escondo en lugares donde ni mi hijo ni sus amigos me encuentran-.
A este personaje no se le fue la felicidad con las piernas, al contrario, aprendió a vivir como nadie.
Como dije, fue un poderoso ciclista paralímpico, ganador como lo fue en el automovilismo, antes y después de su accidente en Lausitz, pero el sino trágico le reservaba un golpe más. El 19 de junio de 2020, mientras competía en una carrera ciclista en carretera se estrelló contra un camión y sufrió un gravísimo traumatismo craneal.
Le reconstruyeron el cráneo, la cara, recuperó la visión y el oído, comenzó a responder a preguntas con apretones de mano y un año después ya podía hablar. Incluso se salvó de un incendio en su casa unos meses después, para luego morir el 1 de mayo de 2026 a los 59 años.
IndyCar debería entregar cada año un trofeo que se llamara 'Zanardi' para premiar el mejor rebase del año (como el que hizo a Bryan Herta en Laguna Seca), aunque también podría ser endosado al más carismático o al más sencillo e inspirador volante, y no sería un despropósito que fuera el reconocimiento al mejor piloto del año... Este premio, podría dársele a los que nunca se rinden y, no sólo eso, que regresan para volver a ganar.
Este sentido relato sirva para recordar y retratar a un ser humano excepcional desde que estaba vivo ya era inmortal.
