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El efecto Indio Solari en Arabia Saudita 1994 y una huella que llega hasta el Mundial 2026

Se supone -o eso queremos creer- que con apego al orden y a los métodos, el éxito más tarde o más temprano se dará. Puede ser cierto, tanto como que el fútbol argentino se empeña en demostrar que existen caminos que van por un costado de las avenidas de la lógica y que pueden llevar también hacia destinos felices. El ejemplo más cercano es Lionel Scaloni, que llegó a conducir al seleccionado en 2018, sin haber dirigido un solo partido a un equipo de mayores, y terminó como armador fundamental de la consagración en Qatar. Justamente cerca de ese país asiático, hace casi tres décadas, hubo otro compatriota que escribió como entrenador una historia de éxito que todavía resuena en el fútbol árabe, y que nació de manera muy accidentada.

En Arabia Saudita se había generado una enorme ilusión en 1994. El seleccionado del país estaba por vivir una experiencia única, como es jugar un Mundial por primera vez, pero afrontaba algunas dificultades. Una de ellas era la falta de rodaje de sus futbolistas, todos de la liga local, que iban a enfrentarse en primera ronda nada menos que a Países Bajos, Bélgica y Marruecos, todos equipos con antecedentes recientes más que respetables en Copas del Mundo. Otra, que los Halcones Verdes se habían quedado sin técnico por la salida del cargo -luego de apenas tres meses- del neerlandés Leo Beenhakker, ex-Real Madrid entre otros. El motivo oficial de la ruptura fue que a los jugadores les costaba adaptarse a sus requerimientos tácticos. Entonces, llegó una mano argentina para conseguir soluciones.

“Me llamaron y me preguntaron si quería ir al Mundial y obviamente dije que sí. Ahí me dijeron que era para entrenar a Arabia Saudita”, contaría casi tres décadas después Jorge El Indio Solari en una entrevista con La Capital, de Santa Fe. El contacto para la oportunidad laboral se había dado en esos primeros meses de 1994 de una manera poco usual: el rey Fahd bin Abdulaziz le pidió consejo para la sucesión de Beenhakker al presidente argentino, Carlos Menem, que después de recomendar sin éxito a Carlos Bilardo dio, merced a su custodio Guillermo Armentano (padre de Mariano, que jugó en Velez, Racing y Estudiantes entre otros), el nombre del técnico que había llevado al título a Independiente en el campeonato 1988/89.

Si bien para el Indio iba a ser su primer Mundial como entrenador, en cambio como jugador había disputado los cuatro partidos de Argentina en Inglaterra 1966. Su ciclo en Arabia Saudita comenzó el 2 de marzo de 1994, y a la dificultad obvia del escaso tiempo de trabajo se sumó que en los primeros días se estaba desarrollando el mes de Ramadán, período sagrado para los árabes que implica, entre otros puntos, el ayuno. Así que los tiempos se acortaron aún más.

Los antecedentes del fútbol árabe en los Mundiales permitían, de todos modos, albergar esperanzas. El pionero fue Egipto, primer equipo africano en el certamen, que en 1934 cayó en primera ronda ante Hungría pero antes había registrado buenas presentaciones en los torneos de fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 (cuartos de final) y de 1928 (semifinal). Eso sí: el primer gran revuelo lo causó Túnez en 1978, cuando a pesar de que no pudo superar la fase de grupos venció a México y empató con el vigente campeón, Alemania Federal. En 1982 Argelia fue aún más allá al superar a los alemanes por 2-1 en su debut, y en 1986 Marruecos quebró la primera barrera al meterse en los octavos de final, tras ser líder en un grupo que compartía con Inglaterra, Portugal y Polonia.

El efecto Indio Solari en el primer Mundial de Arabia Saudita

Con esa historia a cuestas llegó Arabia Saudita a su primer Mundial. Solari, un técnico sabio, laborioso y con un prestigio bien ganado por hacer jugar bien a sus equipos, tuvo desde el inicio como tarea fundamental la de transmitir al plantel el rigor que se precisaba para la gran cita. “Tenían una disciplina un tanto amateur. Me decían que les dolía la garganta o la rodilla, y yo les explicaba que tenían que venir igual a entrenarse aunque los llevaran en camilla, porque tenían que ver la práctica y lo que hacían los demás jugadores”, recordó el DT.

Pese a los apenas tres meses y medio de preparación, algo logró el Indio Solari en esos días junto a su hermano Eduardo y el resto de los integrantes del cuerpo técnico, y quedaría claro en el debut contra Países Bajos, el 20 de junio de 1994. Los supuestamente ingenuos saudíes, pasaron arriba gracias a una pelota parada a los 19 minutos con un cabezazo de Fuad Amin que resultó, a la vez, el primer gol del seleccionado en su historia mundialista. Llegaron a los vestuarios con esa ventaja inesperada y una alegría inmensa, pero en el segundo tiempo se dio vuelta la historia. Un golazo de Jonk de media distancia a los 6 minutos puso el empate, que los saudíes aguantaron hasta los 42 del segundo tiempo, cuando un error grosero del arquero Al-Deayea permitió el tanto de Taument para el 2-1 final.

Tras asimilar el golpe de la oportunidad perdida, el Indio Solari sabía que el segundo partido, ante Marruecos, era muy probablemente la llave para abrir la puerta a uno de los puestos de clasificación, en épocas en que el torneo daba chances a los dos primeros de cada grupo y a los cuatro mejores terceros. Tampoco lo ignoraba el rey Fahd, que decidió que un asunto de tamaña relevancia no podía quedar en manos de simples mortales como el entrenador y sus ayudantes. A través de su hijo, su majestad decidió imponerles la formación que debía afrontar el partido. La cosa pasó a mayores cuando, ante la negativa de Solari a aceptar la orden real, el príncipe decidió su despido inmediato.

La crisis se mantuvo hasta poco antes del partido, cuando llegó la contraorden de Fahd que aceptaba el equipo que proponía el DT. El rey no se equivocó y Solari tampoco. Con la formación que había decidido el entrenador, Arabia Saudita logró su primera victoria mundialista: un 2-1 con goles de Al-Jaber de penal y otra vez Fuad Amin, luego de que Chaouch estableciera la igualdad parcial.

Lo que los sauditas no sabían era que todavía faltaba escribir el capítulo más glorioso de esa aventura. Iba a ser en el tercer encuentro, contra la poderosa Bélgica, con un golazo que quedó grabado para siempre en la memoria de los seguidores de los Mundiales. Iban apenas 6 minutos cuando Saeed Al-Owairan recibió la pelota entre su propia área y la mitad del campo de juego. Desde ahí, emprendió una carrera sin freno hacia el arco rival, se sacó de encima a cuatro belgas y, ya en el área, sacó un remate alto para batir a Michel Preud’homme, tal vez el mejor arquero del mundo por aquellos años.

El 1-0, que no se movió hasta el final, le posibilitó a Arabia Saudita asegurar la clasificación y además hacerlo en el segundo puesto del grupo F, contra casi todos los pronósticos. Fue la primera vez que un equipo de Asia consiguió atravesar la fase de grupos. Y aunque el camino se cortó en Octavos con una previsible caída 3-1 contra Suecia, la actuación significó un hito para el fútbol del país y de la región.

“El Indio Solari llegó a Arabia Saudita a tres meses del Mundial y en medio del Ramadán y ese equipo llegó adonde llegó en Estados Unidos. Así que eso de los trabajos de largo plazo, dejémonos un poquito de hinchar…”, expresaba por aquellos años el recordado Diego Bonadeo, maestro de periodistas. Haya sido por el trabajo intenso, por la casualidad o por un poco de ambos, lo concreto es que aquella actuación de los comandados por el Indio Solari fue uno de los pilares en los que se apoyó la confianza de los equipos árabes para encarar a partir de allí los Mundiales no como simples partenaires, sino como potenciales protagonistas. Como lo demostraron en el último Mundial los propios saudíes al causarle la única caída al campeón Argentina. O Marruecos, que se transformó en el primer equipo africano, y también el primer árabe, de la historia en meterse en semifinales.

En el Mundial 2026, buscarán seguir con ese crecimiento continuo los mencionados Arabia Saudita y Marruecos, además de Egipto y Túnez. También Argelia y Jordania, que enfrentarán en la fase de grupos a una Argentina que sabe que no podrá descuidarse ni un poco, para no sufrir otra amargura de las grandes en una Copa del Mundo.