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Curazao en el Mundial 2026: la historia de dos arqueros y una isla

Una figura alta y oscura ilumina una de las calurosas oficinas del aeropuerto internacional de Willemstad. Es, otra vez, 7 de noviembre. La escena se repite entre los años 70 y 80. El hombre de sonrisa amplia cumple su ritual de pasar a intercambiar saludos con un compañero de ALM, la aerolínea de las Antillas Neerlandesas. Ambos cumplen años ese día. El que trabaja ahí, y todavía se sorprende por esa visita, es un empleado más. El que pasa a saludar es el curazoleño más famoso. El mítico arquero de su seleccionado. Un atleta olímpico. Un héroe nacional. Un futbolista que llevó a Curazao a todos los torneos. Pero murió creyendo que nunca podrían jugar una Copa del Mundo. Medio siglo más tarde, otra generación de talentos le cumplirá ese sueño en este Mundial 2026.

El mito de Ergilio Hato, el gran arquero de Curazao

Ergilio Hato tuvo muchos trabajos desde que terminó la escuela primaria. Pasó por la Curacao Trading Company, fabricó hielo, transportó petróleo para Shell. Pero por lo que todos lo recuerdan es por lo que hizo como futbolista. Cuando trabajaba en el departamento de catering de ALM, ya era una leyenda viviente. “Siempre fue un colega muy educado, leal y trabajador”, recuerda Valdemar Marcha, a quien solía visitar para compartir sus cumpleaños. “Cada vez me impresionaba este hombre que, con una dignidad enorme pero sencilla, te miraba directamente a los ojos y te felicitaba de todo corazón”.

Valdemar disfrutaba de tener a su ídolo cerca: “En mi infancia, Ergilio era el héroe más grande del mundo. Podía hacer de todo en el campo de fútbol. Podía planear por el aire como un águila y atajar todos los tiros con la mayor elegancia”. Hato también tenía la habilidad de transformar los ambientes sociales. “Su presencia nos atraía como un imán, tanto a jóvenes como a mayores, que queríamos verlo: flotando, caminando o sonriendo. Ergilio tenía el don de infundir nueva energía e imaginación; bastaba con contemplar sus acciones para poder contarlas a los vecinos durante horas”.

Esa necesidad de compartir sus historias lo llevó a escribir, junto a Nancy van der Wal, un libro bilingüe, en neerlandés y papiamento (la lengua local). Un relato coral, con testimonios de colegas, Pelé entre ellos, amigos y familiares. Se titula Ergilio Hato: sencillo, elegante, sensacional. Es difícil de conseguir, pero aquí pueden ojearlo.

Ese libro es el único sobre el futbolista más importante de Curazao. Para ser uno de los mejores deportistas del país, resulta sorprendente la poca información disponible. En la web se repiten los mismos datos y escasean las imágenes. Todo se reduce a tres o cuatro ideas que construyen un mito sin fisuras. Un superhéroe del balón. Fue el arquero más extraordinario del Caribe en el siglo XX. Le decían Pantera Negra, Hombre elástico y Pájaro volador. Maravilló a los neerlandeses con su juego. Real Madrid, Ajax y Feyenoord lo quisieron contratar, pero los rechazó. Lo amaban en Centroamérica, lo conocían en todo el planeta.

Ya en este siglo, consciente de que aquella fama oral y analógica se estaba evaporando, Valdemar decidió, luego de una visita dominical a la casa de un Ergilio ya muy enfermo, inmortalizar al ídolo de Curazao. Hato murió en diciembre de 2003, a los 77 años, sin haber podido atajar en un Mundial ni ver a su selección en la Copa del Mundo. Este año, ese anhelo lo cumplirá otro arquero con apellido de cuatro letras. Uno que nació en Países Bajos, con sangre curazoleña en las venas.

El fútbol en Curazao se construye desde el arco

Eloy Room escucha el silbato del árbitro desde una de las áreas del estadio Ergilio Hato, el hogar de la selección de Curazao. Es junio de 2015. Es su debut como arquero de la Ola Azul y lo eligen figura en la victoria 1-0 sobre Trinidad y Tobago, en un amistoso. Desde las tribunas lo observa su padre, Lesley Room. Conoce todas las historias sobre la Pantera Negra porque se las contó su propio padre, mientras crecía en la isla. Y fue él quien se las transmitió a su hijo, que ahora ocupa ese arco. “Le conté mucho sobre Curazao”, recuerda. “Cuando se unió a Curazao me dijo: ‘Este es mi país’”.

Eloy Room nació en Nijmegen, Países Bajos, en 1989. Patrick Kluivert, hijo de madre curazoleña y, entonces, DT de la selección, lo convenció de jugar para Curazao. Muchos creen que ahí comenzó a formarse la generación que jugará este Mundial 2026. El ciclo se cerró en noviembre, cuando Eloy sostuvo el cero en su arco ante Jamaica, en Kingston. El empate 0-0 los clasificó por primera vez a la Copa del Mundo. “Para mí era muy importante poder aportar algo a la isla. Es una isla fuerte y el fútbol era algo desconocido. Quiero mostrarle al mundo que tenemos mucho potencial y muy buenos jugadores”, afirmó Room, el nuevo gran arquero de Curazao.

Todo lo que sucedió antes con el fútbol en la isla no se puede explicar sin su viejo héroe: Ergilio Hato. Cuando nació, hace un siglo en Otrabanda, el barrio pobre de Willemstad, todavía faltaban cuatro años para la primera Copa del Mundo. Curazao era apenas una parte de las Antillas Neerlandesas. Su madre, Enriqueta Hatot, que lo crió sola, intentó anotarlo con su apellido pero en el registro civil se negaron porque creían que no correspondía a esa zona. Lo inscribieron como “Hato”, un apellido más habitual en la isla.

Hato conoció el fútbol en el colegio Saint Vincentius. Los curas de la escuela incentivaban a los niños a jugar y Ergilio fue el más aplicado. Todos corrían detrás de la pelota, pero sus reflejos y flexibilidad lo llevaron al arco, donde hacía mucha diferencia. Alrededor del patio de esa escuela y de esa pasión por el fútbol surgió el club Jong Holland. Fue el único de su vida. Con Ergilio en la valla, protagonizaron la liga durante décadas.

Pero el mito de Hato nació en su selección, durante un festejo. En 1946, cuando el horror de la Segunda Guerra Mundial comenzaba a disiparse, la Federación de Curazao organizó un torneo para celebrar los 25 años de su fundación. Invitó a combinados de Colombia, Aruba, Surinam, y al poderoso Feyenoord, el primer club neerlandés en jugar en las colonias. Fue el debut de Ergilio, con apenas 19 años. La esperada exhibición de los europeos se transformó en la primera gesta del fútbol curazoleño.

Liderado por Hato, con voz de mando y atajadas decisivas, Curazao ganó todos sus partidos, y apenas recibió un tanto, hasta llegar al duelo contra Feyenoord. El 16 de junio, en el juego que definió el trofeo, Ergilio abrió la cuenta, de penal. Hacer goles era algo infrecuente para los arqueros de la época pero muy habitual en Hato, que todavía jugaba como en el colegio y, a veces, era delantero. Curazao sorprendió a todos, goleó 4-0 y se consagró campeón.

Humillados, los neerlandeses pidieron revancha y Curazao aceptó. Se embarcaron en el Boissevain y, tres semanas más tarde, arribaron a Ámsterdam. Estuvieron un mes y medio de gira por los Países Bajos. Jugaron diez partidos, ganaron cuatro y perdieron cinco. Más allá de los resultados, cautivaron a los neerlandeses por el estilo desinhibido de su juego y por su inesperada habilidad técnica. Hato fue la gran figura. La prensa afirmó: "Es un arquero extraordinariamente rápido, cuya valentía y capacidad de reacción mantuvieron a raya a la ofensiva holandesa".

El partido más memorable fue uno de los últimos: un maravilloso 3-3 bajo un diluvio, en cancha de Feyenoord. Hato se destacó frente a una multitud que casi igualaba la población de la isla. Hasta el príncipe Bernardo quiso felicitarlo. “Es extraordinario ver cómo un joven así domina su arte”, le dijo. También buscó el seleccionador neerlandés para sumarlo a su equipo, pero no logró lo que Kluivert consiguió con Room, décadas después. Ergilio aceptó regresar en 1950 para atajar en un combinado neerlandés, en unas exhibiciones contra equipos ingleses (Leeds y Middlesex Wanderers), pero su opinión sobre el fútbol no había cambiado.

De esa gira llega el mito de que Hato fue tentado para ser profesional en Europa. El libro confirma que recibió numerosas ofertas durante su carrera, pero sobre todo desde Centroamérica y Brasil. Ergilio, con una firme ideología amateur, decidió rechazarlas todas. “El fútbol era un hobby y debía seguir siéndolo”, aseguraba. Prefirió volver a su isla, a su familia, a su madre. Y al arco de Jong Holland, que no dejó hasta los años setenta.

Con sus acrobáticas atajadas, su estilo ágil y atlético, Hato construyó una amplia fama regional y llevó a Curazao a sus primeros éxitos. Aquella generación dorada ganó el oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1950 y el bronce en los Panamericanos del ‘55. Estuvieron los Juegos Olímpicos de 1952, donde cayeron 1-2 ante Turquía y Ergilio erró un penal. Y protagonizaron todos los campeonatos regionales de la década.

Hato ocupó el arco de las Antillas Neerlandesas hasta 1958. Su último partido oficial fue en una derrota 1-2 ante Costa Rica, en las Eliminatorias para el Mundial de Suecia. Un par de décadas más tarde, repasó su carrera con autocrítica y amargura: “Lamento que el nivel del fútbol en los años ‘40 y ‘50 no haya sido más alto; las Antillas se habrían clasificado al Mundial”. Frustrado por la ausencia de Curazao en las Copas del Mundo, afirmaba: “Es triste constatar que ya no somos capaces de competir”.

La década del setenta fue difícil para Hato. Al dolor de aquella deuda con Curazao se sumaron quedarse sin trabajo y la muerte de su madre. En una comunidad pequeña como Curazao, la contención fue inmediata. Un diario local publicó: “El gran guardameta Ergilio necesita toda nuestra ayuda”. Un director de ALM le dio una visita guiada por la empresa y le ofreció un puesto. Hato trabajó allí hasta que se jubiló, en 1988. Desde entonces, los homenajes se volvieron frecuentes. El más bonito se dio en 1997, cuando el estadio nacional fue rebautizado con su nombre. Hato agradeció con humildad: “Fue siempre una satisfacción, como si fuera propia, leer en los diarios que Curazao había vuelto a conseguir una victoria”.

Eloy Room cumple el sueño de llevar a Curazao al Mundial 2026

El recorrido de Room con la selección de Curazao refleja, en un espejo invertido, el camino de Hato. El neerlandés hizo el viaje en sentido contrario, en avión y no en barco, aceptó el desafío de cambiar de selección y cumplió con el deseo de Ergilio, el creador del puesto en la isla. El mito. El nombre en la puerta del estadio nacional.

“Cuando Kluivert se puso en contacto conmigo para explicarme el plan, me entusiasmó la idea”, recuerda Room. “Me involucré de lleno. Fui uno de los primeros jugadores en tomar la decisión, era difícil”. A diferencia de Hato, Room no dudaba en volverse profesional o en estar cerca de su familia. Ya era profesional del fútbol y sus afectos estaban repartidos entre Curazao y Países Bajos. Su identidad, explica, siempre fue 50-50.

Para Room, la decisión era compleja porque todavía tenía chances de ser convocado por la potencia naranja. Había pasado por los seleccionados juveniles y aguardaba una oportunidad en el equipo mayor. “Todos los jugadores de Países Bajos quieren jugar con la selección. Estuve cerca de hacerlo, pero ahora me siento orgulloso de formar parte de esta aventura”, asegura.

La llegada de Room a Curazao marcó el comienzo de un proceso de repatriación de talentos que potenció a los jugadores nacidos en la isla y formados en la liga de Países Bajos. Se conformó un seleccionado competitivo con estilo caribeño y estructura neerlandesa. Pero además de experiencia y habilidad, el arquero aportó algo vital: solidez. Curazao volvió a consolidarse, como en sus orígenes, desde su arco.

“Room aporta mucha seguridad en la defensa. Es un arquero realmente muy bueno”, afirma Leandro Bacuna, el mejor futbolista de Curazao. Otro veterano nacido en Países Bajos que aceptó el desafío de ponerse la camiseta de sus ancestros. “Nunca tuvo una gran oportunidad en Países Bajos, y creo que realmente se la merecía”, agrega.

Room nunca habla de Hato, pero lo conoce. Una década después de haber decidido atajar para Curazao, Eloy apela a los valores de Ergilio para explicar lo que significa ser parte de esta Ola Azul que llega a la Copa del Mundo. “Cuando estás en tu club, es tu trabajo. Llegas, haces tu trabajo y te vas a casa. Aquí, en cambio, es una familia”.

Ese espíritu familiar, amateur, que Ergilio Hato defendió hasta el final de su carrera es el mismo que llevó a Eloy Room, y a todo Curazao, a conseguir el mayor logro de su historia futbolística. Jugar el Mundial 2026 es un premio para esta nueva generación dorada. Y una ofrenda para aquella camada original que tenía una Pantera Negra en el arco.