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Puro presente

BUENOS AIRES -- El fútbol es un mundo conservador, poco propenso siquiera a advertir los cambios. Parte de esa ilusión, el clásico entre San Lorenzo y Huracán sigue siendo para muchos un partido de barrio, la réplica apenas alterada de aquel duelo que surgió en 1915.

Es cierto que el vecindario de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires, escenografía de tango, tenía con sus vecinos en disputa un color folclórico perdurable. También es cierto que pocos adversarios históricos están tan imbricados como Huracán y San Lorenzo. Pero los años han pasado. Y ya no son vecinos.

San Lorenzo, por más que abrigue algunos delirios que postulan la vuelta a Boedo (como si la ciudad necesitara otra cancha), hace más de veinte años que se mudó al Bajo Flores. Sus hinchas, se sabe, como en todo equipo grande, no se concentran en un vecindario. Están aquí y allá. En todo el país.

Por lo demás, San Lorenzo ha evolucionado en los últimos tiempos. A tal punto que logró la Copa Libertadores, cuenta pendiente desde los orígenes del certamen y carencia dolorosa en su vitrina. Era el único de los clubes más importantes que no la tenía.

Huracán, luego de infinidad de vaivenes institucionales y deportivos, viene de un sprint de éxitos: ascendió, obtuvo la Copa Argentina, que le dio un título luego de 41 años y, acto seguido, se metió en la Libertadores, donde está cumpliendo una muy digna campaña merced a los empates de visitante.

Entonces, más que la rancia pulseada barrial, conviene ver el clásico como un partido con historia revitalizado por la actualidad ascendente de ambos equipos. Un partido cuyos ingredientes fundamentales no son el gueto y sus códigos y su mitología sino la propuesta de juego.

Los partidos que reflejan enconos famosos acostumbran suscribir una máxima muy desalentadora: "Los clásicos no se juegan, se ganan". Pues bien, a diferencia de este lugar común, San Lorenzo y Huracán salieron a jugar, a justificar el valor de ese partido canónico con buen fútbol.

Con lo mejor del presente. San Lorenzo arriesgó más de lo que suele. Y Huracán apeló a su estilo elegante. Salió un partidazo del que otros rivales históricos deberían tomar nota. El juego de alto nivel, de gran ritmo, de resultado incierto (aún con el marcador 3-1 Huracán llegaba y amagaba con el descuento y un final a toda orquesta) fue mejor tributo al clásico que cualquier panegírico de las calles adoquinadas de Parque Patricios y Boedo.

Ganó San Lorenzo porque así es casi siempre (le lleva 33 triunfos de ventaja en el historial), pero Huracán hizo un muy buen papel, a la altura de la gala. Con toque, con un golazo de Toranzo, con personalidad y convicción.

El local, apoyado en un Romagnoli inspirado, fue más categórico en sus momentos protagónicos. Y contó con cierta candidez defensiva de los primos. Quizá se llevó mucho.

Pero más se llevó el público, que vuelve a creer en que los grandes clásicos son esos que se juegan.