¿Cómo habría rendido Messi con Argentina en otras épocas del fútbol internacional?

Es un interrogante imposible de responder, pero también son esas preguntas que solamente puede hacerse alrededor del fútbol: ¿qué habría hecho Lionel Messi si hubiera nacido 20, 30, 50 o 70 años antes? ¿Cuán profundo sería su legado con Argentina? ¿Sería un jugador con una carrera larguísima, que incluyó seis Mundiales y una infinidad de consagraciones?

Por supuesto, se trata de un ejercicio lúdico. El rosarino nos regaló tanta creatividad, tanto desparpajo y tanta imaginación que, ahora, nos permitimos jugar aquí y ahora.

No hay manera de trasladar a un futbolista del siglo 21 a un Mundial de 1930, 1966 o 1982 y calcular qué cantidad de goles o asistencias habría sumado. Por supuesto, cambiaron las reglas, las pelotas, las canchas, los sistemas tácticos, los entrenamientos, la preparación física, la salud física y mental y hasta la manera de entender el juego.

La pregunta no es solamente cómo habría jugado Messi en otra época, sino qué aspectos de su fútbol maravilloso hubieran sobrevivido en “mundos” completamente distintos.

Hay una condición estricta en este juego imaginario: dejar afuera los Mundiales que Argentina ganó antes de la aparición de “la Pulga”. Nada de 1978 ni de México 1986.

Y entonces aparece el primer viaje en el tiempo.

1930: Messi en la primera final mundialista

La primera parada del periplo lúdico sería en Uruguay 1930, el primer Mundial de la historia. Argentina llegó a la final después de una campaña de enorme contundencia ofensiva. Venció a Francia, México y Chile y luego goleó 6-1 a Estados Unidos en semifinales.

Guillermo Stábile terminó como máximo goleador del torneo con ocho tantos, acompañado en aquella delantera por Manuel Ferreira, Carlos Peucelle y Pancho Varallo, mientras Luis Monti aportaba presencia física y temperamento.

La final ante Uruguay también parece escrita para alimentar nuestra fantasía. Argentina ganaba 2-1 al llegar al entretiempo, pero terminó perdiendo 4-2.

Ahora sí: imaginemos a Messi en ese equipo, en el instante preciso entre el primer y el segundo tiempo, con un ambiente enardecido en los pasillos hacia los vestuarios.

Sin cambios permitidos por reglamento, el equipo jugó condicionado por la lesión de Pancho Varallo y por el clima de amedrentamiento en los camarines, donde Fernando Paternoster llegó a confesar: “Mejor que perdamos; si no, aquí morimos todos”, mientras Luis Monti jugaba aterrado al haber sido amenazado de muerte tanto él como su familia.

Frente a semejante nivel de presión, la presencia de Messi habría sido un bálsamo. Capaz de aislarse por completo del contexto, un joven Messi habría pedido la pelota en los momentos más calientes para adormecer el juego, juntar pases con Stábile y Peucelle y desesperar al local haciendo correr los minutos con el balón bajo su control.

El problema aparece cuando la fantasía deja de ser solamente futbolística. ¿Qué habría pasado con el físico de Messi en 1930? Su tratamiento con hormona de crecimiento fue determinante en Barcelona. ¿Hubiera existido alguna forma de hacerlo crecer tal como ocurrió en la vida real? También hay una vía paralela. Aun así, podría pensarse un futbolista pequeñísimo, varios centímetros más bajo que el actual, con particularidades físicas llamativas, como ocurrió con algunos de los grandes cracks posteriores, como el brasileño Garrincha.

Messi también construyó su juego alrededor de su centro de gravedad, su equilibrio y su capacidad para acelerar en espacios mínimos. Si aceptamos esa licencia, la imagen resulta inevitable: Leo podría haberle torcido el rumbo a una final que le dio la primera estrella a los charrúas.

1966: Messi contra Inglaterra en Wembley

El siguiente salto nos lleva hasta el Mundial de Inglaterra 1966. La Selección avanzó invicta en la primera fase, con triunfos ante España y Suiza y un empate sin goles frente a Alemania Federal.

En cuartos de final apareció Inglaterra, el local. El partido terminó 1-0, pero la historia argentina recuerda especialmente lo ocurrido antes de ese gol.

Con el marcador todavía 0-0, el árbitro Rudolf Kreitlein expulsó a Antonio Rattín, capitán argentino, en una decisión que condicionó el encuentro y que todavía forma parte de las grandes controversias arbitrales de los Mundiales. Argentina terminó eliminada en Wembley.

¿Y si Messi hubiese estado allí? Se vuelve tentador imaginándolo como héroe de un equipo con un jugador menos. Seguramente habría recibido muchas más patadas, con una menor protección arbitral, pero también podría haber encontrado su lugar de plantarse y absorber el juego, la presión, la desventaja numérica.

Y entonces aparece una de esas imágenes que justifican todo el ejercicio: Messi eliminando a Inglaterra en su propio Mundial, después de aquel partido que quedó marcado para siempre por la expulsión de Rattín.

¿Y si el primer triunfazo mundialista contra Inglaterra era ese y no el de México 1986 o el de Estados Unidos 2026?

1982: Messi y Maradona juntos en Argentina

Ninguna hipótesis resulta tan atractiva como la siguiente: España 1982, con Diego Maradona y Lionel Messi en la misma Selección Argentina. “D10s” y “la Pulga” a la par.

La celeste y blanca de César Luis Menotti llegaba como campeona del mundo y gran candidata, con buena parte de la base que había conquistado el título cuatro años antes y la incorporación de un joven Maradona, campeón mundial Sub 20 en 1979.

Argentina, sin embargo, perdió con Bélgica en el debut, se recuperó con triunfos ante Hungría y El Salvador y luego cayó, en segunda fase, ante Italia y Brasil.

¿Habría lugar para los dos? Probablemente sí, aunque habría que encontrar una manera de repartir la pelota, los espacios y las responsabilidades.

Una posibilidad sería pensar a Maradona como constructor y conductor del juego, con Messi más cerca del área, apareciendo desde la derecha o entre líneas. Otra, todavía más cercana al espíritu de Menotti, sería otorgarles libertad para intercambiar posiciones e interpretar el juego por sí mismos.

Lo más interesante, sin embargo, podría haber sucedido sin pelota. Italia convirtió a Maradona en el objetivo de una marca personal feroz. Claudio Gentile lo siguió durante buena parte del partido y la escasa protección arbitral permitió una cantidad de contactos que hoy resultarían difíciles de imaginar.

¿Qué habría ocurrido si, cada vez que Gentile seguía a Diego, aparecía Messi en otro sector? Quizás Maradona habría tenido más espacios. Quizás Italia habría tenido que repartir sus esfuerzos defensivos. Quizás una conexión entre ambos habría cambiado aquella segunda fase.

Sea como fuere, dos futbolistas tan extraordinarios habrían necesitado apenas unos instantes para descubrir cómo compartir un equipo y hacerle estragos al rival. Un verdadero sueño.

El problema que plantea el Messi de otras épocas

Cuanto más atrás llevamos a Messi, más difícil resulta separar al jugador de las condiciones que hicieron posible su carrera. El fútbol contemporáneo le proporcionó medicina, nutrición, preparación física personalizada y métodos de recuperación que no existían décadas atrás.

También cambió la protección arbitral y se mejoraron de manera notable las superficies de las canchas, que permiten controlar y conducir la pelota a velocidades extraordinarias. En épocas de barro, tierra seca y pozos abundante, había que ser descollante para que el campo de juego no alterara un pase o un control.

Para un futbolista cuya relación con la pelota es una de las bases de su juego, ese detalle no sería menor.

Y, sobre todo, estaba la preparación. Messi pudo sostener durante casi dos décadas un nivel extraordinario en parte gracias a un sistema de cuidado físico y recuperación que fue evolucionando a su alrededor.

En otras épocas, probablemente habría tenido una carrera más corta, entrenamientos diferentes y recuperaciones mucho menos sofisticadas. Aunque tampoco lo sabemos con seguridad. Es simplemente una hipótesis verosímil.

Las ligas de otras épocas: ambientes hostiles para Messi

¿Cómo habría resistido Messi en aquellos campeonatos en los que el talento individual convivía con una tolerancia mucho mayor al contacto físico, las marcas personales y las condiciones irregulares de los campos de juego?

España ofrece un antecedente imposible de ignorar: la brutalidad sobre el primer Maradona en Europa. En su segunda temporada en Barcelona, Andoni Goikoetxea le provocó una fractura de tobillo después de una tremenda y maliciosa patada. Nada de eufemismos como “fuerte pero leal”. Fue a partirlo.

Para imaginar al Messi de los años ochenta alcanza con trasladar esa escena al juego lúdico de este artículo: un futbolista todavía más pequeño, liviano y dependiente de sus cambios de dirección entrando en un deporte en el que el contacto tenía otra consideración.

¿Cuántas veces habría podido jugar con continuidad? ¿Cuántas lesiones habría sufrido antes de llegar a su madurez futbolística y personal?

Italia habría presentado otro desafío. La Serie A de los ochenta y los noventa concentraba defensores especialistas en la marca, equipos compactos y partidos en los que cada metro recorrido cotizaba en oro.

Maradona conoció ese fútbol en su máxima expresión y también fue sometido a una dureza extraordinaria: en el Mundial de 1982, Claudio Gentile le cometió 23 faltas en un solo partido, un récord en los Mundiales. Apenas vio una tarjeta amarilla.

En el Calcio en el que Maradona brilló en los años ochenta, las patadas eran feroces, sin disimulo.

Messi probablemente habría tenido menos espacios y habría necesitado desarrollar todavía más su capacidad para recibir, girar y escapar en pocos metros.

Aunque en muchos partidos, una gambeta o un tiro libre podían valer casi tanto como una ráfaga de goles.

Inglaterra: barro, choque y juego directo

Inglaterra plantearía una dificultad diferente. El fútbol de los ochenta y comienzos de los noventa estaba mucho más asociado al juego directo, los duelos físicos, las pelotas aéreas y unas canchas que, durante el invierno, podían complicar especialmente a un futbolista acostumbrado a conducir la pelota pegada al pie.

Messi habría tenido que sobrevivir a centrales bruscos, entradas fuertes y un contexto en el que buena parte del partido podía jugarse lejos del césped.

También habría encontrado espacios, especialmente en las transiciones, pero primero tendría que haber conseguido que ese fútbol le permitiera desplegar su juego.

España, Italia e Inglaterra fueron campeonatos muy diferentes entre sí, pero para este ejercicio imaginario comparten una característica: habrían sido ecosistemas mucho más hostiles para Messi que el fútbol europeo en el que realmente desarrolló su carrera.

El talento probablemente habría encontrado alguna forma de imponerse. La incógnita, en todo caso, es cuánto habría tenido que cambiar Messi para poder hacerlo.

¿Y un Messi sin Guardiola?

Todo este ejercicio nos lleva inevitablemente hacia Pep Guardiola. ¿Habría existido el Messi que conocemos sin el entrenador catalán?

La carrera de Messi también fue la historia de un fútbol que fue descubriendo cómo utilizarlo. Antes de Guardiola ya había sido extremo y goleador. Después apareció el falso 9. Más tarde se convirtió en un jugador cada vez más cerebral, capaz de bajar metros para iniciar las jugadas y administrar los tiempos del partido.

Sin Guardiola, ¿cómo hubiera sido la etapa clave de su carrera? ¿Otro entrenador habría descubierto al falso 9? ¿Mourinho, Ferguson, Wenger o Ancelotti habrían encontrado otra manera de aprovecharlo?

La pregunta vale incluso para otras épocas.

Y ahora, al final del juego, aparece una última paradoja.

El ejercicio permite imaginar a Messi en cualquier era futbolística y, al mismo tiempo, encontrar argumentos para pensar que habría sido un futbolista extraordinario. Pero también obliga a reconocer todo lo que tuvo a su favor el jugador que efectivamente conocimos.

El fútbol actual le permitió tener una carrera larguísima en la elite y modificar su propio juego a medida que cambiaban sus condiciones físicas.

Todo eso también forma parte de Messi.

Por eso no hay una respuesta definitiva para este juego. Podemos imaginarlo en aquella final de 1930 contra Uruguay tratando de cambiar la historia. Podemos ponerlo en Wembley en 1966, buscando una solución al partido que terminó con la expulsión de Rattín. Podemos verlo junto a Maradona en España 1982, compartiendo la camiseta argentina y tratando de escapar de la marca de Gentile.

Después podemos llevarlo a la España, al Calcio o al fútbol inglés. Podemos cambiar las canchas, los entrenadores, los defensores, las pelotas y las reglas.

En cada una de esas películas, habría aparecido un Messi diferente. Y seguramente hubiera sido tan asombroso como el real.